Jueves, 22 Agosto 2019 14:59

LA BAILARINA DE LOS PIES DESNUDOS (basado en hechos reales) Destacado

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                                                                                      LA BAILARINA DE LOS PIES DESNUDOS *

 

           Recuerdo, la fatalidad de mi cuerpo estremeciéndose en una azarosa ambulancia, y el sonido de la sirena aullando como si se hubiera tragado una bestia salvaje. - ¡Menudo quirófano!, pobre enferma, ¿quién será?

    • ¡Soy yo, y me están reanimando !

        Presión arterial 60/70, aunque variable. Un medico de edad avanzada y dos estudiantes, me miraban expectantes. La puerta se volvió abrir y entraron más enfermeras.

       - Preparen 50 miligramos de Lidocaina, ¡vamos, vamos, que se nos va!

       - Usaremos una descarga de 50 watios por segundo, para comenzar.

      Desde arriba observé como mi cuerpo se elevaba con cada sacudida. Todo inútil, las señales de los monitores se fueron apagando paulatinamente, hasta que un pitido continuo despidió a los médicos y enfermeras cabizbajos.

 

                                                                          ESCENA I

 

          Qué extraño, tengo la sensación de encontrarme en una nueva dimensión. ¿Dónde está mi cuerpo? ¡Ha desaparecido! Mejor, el pobre se había convertido en un lastre y, últimamente sonaba como un instrumento desafinado. Disculpen, me llamo Angeles Vila-Magret, y he sido durante 27 años la amante y fiel asistenta personal de “La bailarina de los pies desnudos”*. Me estoy refiriendo a la excepcional, la única, la bellísima CARMEN TÓRTOLA VALENCIA, y aunque de cara a la galería nos manteníamos cada una en su sitio, llegado el momento (1942), y para cubrir las apariencias , decidió adoptarme - nos llevábamos catorce años-. Le preocupaba, y  mucho, que me  quedara  desamparada. - como le pasó a ella-  Me encomendó  encarecidamente,  que depositara su legado en el actual “Institut del Teatre de Barcelona”. Nos amamos en secreto, calladas, con furia, desafiando todos los convencionalismos en una España insólita y vanguardista. Murió en mis brazos de una insuficiencia cardíaca, un 13 de Marzo de 1955. Ahora me ha tocado a mi, pero antes de partir; quiero hablarles de ella, contarles cosas que nadie sabe, ni siquiera sus biógrafos. Juntas recorrimos el mundo, un mundo que mi amada Carmen dividía en dos mitades: uno el de los recuerdos, otro el de los deseos.

 

         No estoy versada en estos menesteres, por eso me considero poco probable en el mundo literario; aunque por mimetismo he decidido abordar su historia desde el principio. Sevillana de nacimiento, sus padres tuvieron que emigrar al Londres de fin de siécle en busca de trabajo. La revolución industrial estaba en pleno auge y, el Sr. Tórtola encontró muy pronto trabajo en una fábrica textil, mientras que su mujer lo encontró como ayudante de cocina en una fabulosa mansión señorial, con bodega, pista de tenis, y una torre aledaña al edificio principal.

 

         La madre de mi amada, la sra. Valencia, era una mujer muy especial; estaba especialmente dotada no solo para echar las cartas, sino también para interpretar el significado de los sueños. Una mañana de enero se levantó de la cama en dirección al jardín, murmurando oraciones secretas y desafiando las bajas temperaturas. Acababa de ver en sueños la muerte de su marido; un coche de caballos le había pasado por encima aplastándole el cráneo. La casualidad quiso que una sirvienta que se había levantado para ir al excusado, la viera descalza y en camisón. Avisó a los demás y, rápidamente la llevaron frente a la chimenea de la cocina, aún caliente. Y mientras en las extremidades unas le daban friegas de alcohol con romero; otras le preparaban un brebaje a base de hierbas medicinales, bayas de sauco y miel. Todo fue inútil, las convulsiones febriles y las toses persistentes, fueron destiñendo su débil cuerpo, hasta convertirla en una sombra con ojos. Los dueños de la casa, unos burgueses excéntricos, pero con buen corazón, llamaron al galeno. Nada más auscultarla les anunció que tenía tuberculosis. La madre de Carmen se fue desprendiendo de este mundo con la inmensa tristeza de saber que dejaba a su hija sola y desamparada. Madre e hija se acariciaban con la mirada y en un susurro, antes del último suspiro, tuvo fuerzas para decirle: - Morir es como nacer, solo un cambio. Duerme tranquila porque siempre velaré por ti.

 

          La niña que contaba 10 años, se perfiló como una marisabidilla que andorreaba por toda la casa, aún  recuerda  como  se  divertía  jugando  con  la  servidumbre,  y  cuando  se  hacía  la  invisible  escondiéndose  detrás  de  los  cortinones.   El ama de llaves que la quería como a una hija, decidió que  ya  era  hora   aprendiera un  oficio; y el mejor era instruirla en el arte de embellecer el cabello.

 

          El pelo en la época victoriana reflejaba no solo el status, sino también la moralidad. Una dama mal peinada era vista como una criatura pecaminosa; y como la tradición y el reclamo fetichista de los hombres, imponía tenerlo largo. Llevarlo a la moda, suponía un trabajo de trenzado, enrollado o rizado que precisaba largo tiempo. - En esa sociedad puritana y patriarcal, te podías desvincular de “casi todo”, menos de ir bien peinada.

 

       Carmen además de ayudar a la asistenta personal, se interesaba por las tendencias que salían en las revistas de moda. Aprendió a teñir el pelo y a elaborar sus propias mascarillas, la más nutritiva era con aceite de almendras, cera blanca y esencias florales. Y como toque final hermoseaba la cabeza con toda clase de adornos ya fuera  turbantes,  peinetas, flores, o cintas enjoyadas. La señora de la casa, que la conocía desde que murió su madre, nunca le prestó la más mínima atención. Hasta que un día, al  ser  sustituida,  porque  la  asistenta personal cayo  enferma, fue  cuando ... se produjo el  milagro. La Milady empezó a observarla con curiosidad interrogándola sobre asuntos de toda índole. Este insólito cambio le despertó un apetito voraz que solventó tocando una campanita. Solo después de varias tazas de té con pastas y pequeños sándwiches; la miró fijamente espetándole - ¿Carmencita, te gustaría aprender  muchas cosas? . Esa misma noche lo consultó con su marido, que nada más observarla estuvo de acuerdo. De ahora en adelante serían los tutores de la niña y para tal fin, se comprometieron a darle una educación exquisita. Así fue, como la vida de Carmen Tórtola cambió de color; y aunque la rueda de la fortuna elude posicionarse en emociones ajenas, algunas veces la vida afina con el pincel y, deposita en la arquitectura de  los  vientos aromas de jazmín y azahar, combinándolos con pinceladas de rojo cadmio a juego con el rubor de sus labios.

 

                                                                         ESCENA II

 

           Por las mañanas recibía clases de música, danza y dibujo. Después de comer descanso inapelable hasta la hora del té, cultura general e idiomas hasta las 7. cena ligera y a la cama. Este ritual de aprendizaje, la moldeo de tal manera, que en poco tiempo demostró que poseía unas cualidades innatas para los idiomas y para el baile. Y no solo eso, en estos años aprendió también a asumir la responsabilidad de su futuro; decidió que no quería depender de nadie, solo de si misma. La niña fue creciendo en inteligencia, belleza y esbeltez. Fue la noche de su 17 cumpleaños cuando, en un llanto contenido, borró de una plumada los recueros tristes de su infancia, las trágicas muertes de sus padres; sintiéndose por primera vez orgullosamente diferente.

 

           Sus padrinos solían pasar largas temporadas en África practicando su afición favorita, los safaris. Ese primer sábado de Marzo de 1906, Carmen pasó mala noche, tuvo pesadillas...se despertó al amanecer rodeada por las sombras de la habitación y los pasos acelerados de la servidumbre. Se cubrió con su deshabillé de color azul pastel, y bajó rápidamente las escaleras; su instinto le advirtió que algo malo había sucedido. Un telegrama trajo la desgracia: “Los señores de la casa han tenido un fatal accidente. El vuelo en globo donde viajaban se incendió en plena ascensión. Sentimos profundamente su perdida”.

 

          La muerte de sus tutores la dejó triste y desamparada, contaba 18 años. Los herederos, unos sobrinos pendencieros y de  mal  corazón, la echaron sin contemplaciones;  solo le permitieron llevarse sus pertenencias y, algunas libras para desvanecer sus conciencias.

 

         En un principio, y por consejo del ama de llaves, contempló la posibilidad de casarse, recordemos que estamos en una sociedad donde los matrimonios eran arreglados, pero lo rechazó en el acto, se  jactaba  diciendo  que esas uniones eran una vulgaridad. Os  preguntareis  más  de  uno/a  si  era  guapa. Las  fotos  que  aquí  os  muestro  no  le  hacen  justicia.  Poseía una belleza perturbadora de la cual ni ella misma escapaba, parecía fabricada de un material diferente. Su piel nívea, contrastaba con su frondosa melena, negra como el azabache, que enmarcaban unos ojos moriscos de color verde aceituna, que le valieron el apelativo de “ La Bella Tórtola”.

 

          Las mujeres de la Inglaterra de fin de siécle, estaban educadas en la total anulación de sus impulsos espontáneos. El único palpitar que la sociedad les permitía era la caza de un marido. Y pobre de ti, si te quedabas soltera, automáticamente te marginaban, señalándote como un auténtico fracaso. Este era el entorno de clase media-alta en el que se encontraba CARMEN TÓTOLA. Pero ella que venía de la más antigua antigüedad, había aprendido que los estereotipos anulan la creatividad, ella solo deseaba conectar con la divinidad que llevaba dentro.

 

          Y esa divinidad tan tutelar, heredada de su madre, le fue marcando los  fenómenos del alma. Descartada la opción de contraer matrimonio y  dar clases de idiomas; escogió la que le hacía palpitar las entrañas, y esa era el baile.

 

           Enseguida encontró trabajo en un local nocturno. El espectáculo destinado principalmente a un público masculino, le exigía salir semi desnuda; hasta que un día un empresario se fijó en ella, ofreciéndole un papel para el musical "Havana",  actuó en el "Gaiety Theater" de Londres. En menos de tres meses aprendió toda clase de bailes latinos; era tal el sentido del ritmo que tenía, que no tardó en destacar. En 1910, ya tenía un espectáculo para ella sola. En la entrada del teatro se podía leer: “ Esta noche actuación de la refinada bailarina “LA BELLA VALENCIA”, donde no dudaba en explotar sus orígenes españoles, en números falsamente folclóricos.

 

         No tardó en realizar su primera gira europea; pero no fue hasta que vio actuar en París, a la mas grande, a Isadora Duncan, cuando se planteó hacer otro tipo de baile. Sería totalmente nuevo, marcado con notas más sensuales, más exóticas, incluso más líricas...al igual que la Duncan, decidió deshacerse primero del corsé, una horrenda prenda de vestir, que oprimía el cuerpo de la mujer hasta dejarla sin respiración, y después de los zapatos. De ahora en adelante bailaría descalza.

 

           Y mientras las giras se sucedían una tras otra, Carmen una mujer de muchos empezares, se dedicó a estudiar las raíces de los bailes orientales, africanos, indúes, árabes... fusionándolos, como decís ahora, con los andaluces. Tuvo un éxito tremendo, viajó por toda Europa, Estados Unidos y por supuesto Latinoamérica, dónde tuvo un éxito sin precedentes. Fruto de sus constantes viajes y de su gran versatilidad, decidió diseñar no  solo su vestuario, sino también su coreografía, fundiendo  pinceladas orientales con costumbristas. Concretamente una de las más famosas -“La Danza de la Serpiente”- articulaba sus brazos con tal maestría, que simulaba perfectamente a dos reptiles. No exagero cuando afirmo que, Carmen Tórtola, fue un auténtico mito en vida. Su fama llegó a España , y el 2 de diciembre de 1911, debutó en el teatro "Romea" de Madrid. No era el lugar, ni el momento adecuado. Allí se vio obligada a compartir cartel con otros artistas de variedades, que ya contaban con un público fiel y, además poco dados a las innovaciones. El fracaso fue estrepitoso y mi amiga decidió poner tierra de por medio. Lo único bueno que sacó de este primer contacto con España fue, la gran amistad que entabló con los círculos intelectuales y artísticos de la capital española y, fueron ellos los que la convencieron que volviera a actuar dos años más tarde, pero ahora sola, y nada menos que en "El Ateneo" de Madrid.  Esta vez el éxito fue rotundo.

 

         Quiero decir a todos los que habéis llegado hasta aquí, que hombres tan ilustres como: Valle Inclán, Pío Baroja, Rubén Dario, Jacinto Benavente o Ramón Gomez de la Serna, le escribieron bellísmas poesías, inspiradas en los movimientos de su cuerpo. Pero ella solo tuvo “ojitos” para el pintor más importante en esos momentos, Ignacio Zuloaga. Carmen se enamoró como una colegiala, aún sabiendo que estaba casado; él la inmortalizó en un maravilloso retrato. Otros  pintores también  la  retrataron,  como  Julio Vila y Prades  con  un  turbante sefardí. Una noche el famoso pintor no se presentó en su casa, ni esa noche, ni ninguna otra; había vuelto con su mujer. Carmen despechada y  arrebolada de vergüenza se fue a París, donde  tenía grandes  amigos.  Nada  más  llegar  llamó  a  su  gran amigo  y  coreógrafo  Quinito Valverde  para empezar   un  nuevo  baile;  baile  que  nunca  llegó  a  estrenarse,  porque  una noticia  conmocionó al mundo, la Gran Guerra Europea había estallado. Estamos hablando del 28 de julio de 1914. Muchos  de  sus  amigos y  empresarios  se  fueron  a  Nueva York, y  otros ,  como  ella,  a  Latinoamérica;   dónde llegó a ser un autentico ídolo de masas.

 

                                                                     ESCENA III

 

           Les recuerdo mi nombre, soy Angeles Vila-Magret y ahora me toca a mí contarles el momento más señero de mi historia. A veces la vida, ya sabéis, afina con el pincel rojo cadmio. Fue a la salida del "Palacio de Bellas Artes de México" (1928), cuando un amigo común nos presentó y, aunque suene algo cursi, la verdad es que cuando nuestras miradas se cruzaron surgió el flechazo. Inmediatamente supimos que comenzaba para nosotras un tiempo de amor, ese tiempo en el que nunca envejeces, porque solo te ves reflejada en los ojos de quién te ama. A partir de ese día, me convertí en la organizadora de sus viajes, de sus noches; y ahora en la guardiana de su memoria.

 

           Dejo para el final el detalle más perfumado de este relato, y del que siempre estuvo muy orgullosa, aunque no se llevó ni una sola peseta. Eso si, todos los meses recibía en su casa, un precioso estuche con productos selectos. Me estoy refiriendo a la casa "Myrurgia", y al diseñador Eduard Jener. Dicha empresa acababa de abrir en Barcelona (1916) su fábrica. Una nueva línea de jabones y perfumes “Maja”, estaba a punto de salir al mercado. Jener recibió el encargo de hacer el diseño, y se inspiró en Carmen Tórtola, que a la sazón, tenía un espectáculo en la Ciudad Condal. A partir de entonces su imagen engalanada de rojo y faralaes, se convirtió en el emblema de la casa.

 

          Mi amor, mi compañera, mi amiga del alma, observó que la sociedad, los gustos...cambiaban. El nuevo siglo había llegado, y con él la eclosión de nuevas vanguardias artística; el cine – donde trabajó - empezaba a ser sonoro. Comprendió que sus exóticos bailes estaban trasnochados. Ella tan culta, tan refinada, tan ególatra, se despidió de los escenarios barceloneses, un 23 de noviembre de 1930, aún teniendo seguidores incondicionales. Nos establecimos definitivamente, en una preciosa casa en el barrio de Sarriá, sin más aparición pública que una entrevista radiofónica en 1943, que también recogió la prensa. Sus aficiones las centró en la pintura, el coleccionismo precolombino y los álbumes de sellos.

 

         Lo triste de esta historia es que murió en el más completo de los olvidos, tildada de loca, lesbiana y adicta a la morfina.(El uso  de  esta sustancia  fue  algo  muy  habitual  en  las  mujeres  de  clase  alta,  y también  entre  los  hombres)

 

        Os doy las gracias por haber llegado hasta aquí, ahora todos sabéis que Carmen Tórtola , fue una mujer poco frecuente en la España de primeros del siglo XX. Aprendió que el misterio de la vida no se basa unicamente en ser feliz, sino en hacer felices a los demás, y ella lo supo transmitir con su arte. Entendió su tiempo como un momento de oportunidades que supo aprovechar gracias a su espíritu trasgresor y creativo; todo esto le trajo consigo un enorme prestigio internacional... supo entender a tiempo, que su estética estaba demodé, por lo que decidió retirarse como una gran señora ; un gesto encomiable que pocas artístas saben ver.

 

                                                                         EPÍLOGO

 

       Me voy en paz sabiendo que he cumplido mi promesa: rescatar su nombre del olvido. Cuando mi aura se funda con el cosmos, y los grillos se oculten en la noche me habré ido. Ojalá los recuerdos estuvieran hechos de una sustancia más dura.

 

* ( Extraído de una poesía que le dedicó Rubén Darío )

        Nota  de  la  autora:   Hoy  mismo  he  curioseado  par  ver  el  cuadro  que  le  pintó  Zuloaga..no  lo  he  encontrado, vaya  a  estar  equivocada, pero  si un  blog   "EL  ARQUEÓLOGO  MUSICAL"   (ENLACE)  donde nos  deleita  con  una  entrevista  que  le  hicieron en  1912  y  que  se publicó  en Interviu. Juzguen por  ustedes  mismos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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